A veces la tía Mónica quería con todas sus ganas no ser ella. Detestaba su pelo y su barriga, su manera de caminar, sus pestañas lacias y su necesidad de otras cosas aparte de la paz escondida en las macetas, del tiempo yéndose con trabajos y tan aprisa que apenas dejaba pasar algo más importante que el bautizo de algún sobrino o el extraño descubrimiento de un sabor nuevo en la cocina.
La tía Mónica hubiera querido ser un globo de esos que los niños dejan ir al cielo, para después llorarlos como si hubieran puesto algún cuidado en no perderlos. La tía Mónica hubiera querido montar a caballo hasta caerse alguna tarde y perder la mitad de la cabeza, hubiera querido viajar por países exóticos o recorrer los pueblos de México con la misma curiosidad de una antropóloga francesa, hubiera querido enamorarse de un lanchero en Acapulco, ser la esposa del primer aviador, la novia de un poeta suicida, la mamá de un cantante de ópera. Hubiera querido tocar el piano como Chopin y que alguien como Chopin la tocara como si fuera un piano. 
La tía Mónica quería que en Puebla lloviera como en Tabasco, quería que las noches fueran más largas y más accidentadas, quería meterse al mar de madrugada y beberse los rayos de la luna como si fueran té de manzanilla. Quería dormir una noche en el Palace de Madrid y bañarse sin brasier en la fuente de Trevi o de perdida en la de San Miguel.

Mujeres de ojos grandes
Ángeles Mastretta 
Hoy quemé tu carta. La única que me escribiste. Y yo te he estado escribiendo (sin que tú lo sepas) día tras día. A veces con amor, a veces con desolación, a veces con rencor. Tu carta la conozco de memoria: catorce líneas, ochenta y ocho palabras, diecinueve comas, once puntos seguidos, diecisiete acentos ortográficos y ni una sola verdad.
"Las únicas mujeres que valen la pena son aquellas que si quieren la luna, se las bajan ellas solas.

Independientes, les dicen"
The sun is up
the sky is blue

It's beautiful
and so are you

La chica del crillón

"Entonces me tomó una mano, sin mirarme, y yo estuve orgullosa al sentir que mi frágil cuerpo hacía temblar a su poderosa corpulencia. La oscuridad vino súbitamente, como una pantera que se descolgara del cielo, y el chofer nos condujo de regreso, con lentitud. Yo sentía que algo iba a revelárseme, que algo iba a ocurrir de insólito y sublime, que mi cuerpo iba a volar en pedazos o a volverse líquido de repente, pero comenzaron a verse los primeros chalets, las primeras murallas de la ciudad; nuestras manos se desenlazaron y entramos en la desoladora educación, en la civilización y en la mentira de la capital. Todo había pasado como las imágenes falsas del sueño, y Gastón recobraba sus aires de hipócrita mundano. Me dijo adiós en el Parque Forestal, asegurando que no deseaba comprometerme. Ahí quedé, toda hecha sordera, ceguera, insensibilidad, esperando un tranvía lleno de gente fea y ajena que me llevó por la Alameda abajo, donde bajé automáticamente, frente a Libertad, para tomar el camino de mi barrio y seguir la rutina de mi vida."